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Metaverso, avatares y Snow Crash
Este
viaje hacia la literatura comienza en lo más profundo del
ciberespacio. En un mundo de simulaciones. Pero un mundo con consecuencias,
con buenos y malos confundidos en una extraña guerra provocada
por megabytes que viajaron a través de la historia instalados
en la computadora más sospechosa: el cerebro.
Una
adolescente cruza una ciudad de Los Angeles dividida en feudos,
sólo que en este caso se trata de franquicias territoriales.
Son los primeros años del siglo XXI mientras ella hace su
recorrido a velocidad vertiginosa encima de una patineta: cuando
quiere avanzar más rápido logra ser remolcada por
los automóviles, a los cuales logra engancharse utilizando
una especie de arpón con punta adherente.
En
esa vida futurista conoce a un hacker repartidor de pizzas de la
'Cosa Nostra', quien acaba de romper el vehículo que le entregó
la mafia para hacer su trabajo. El se llama Hiro Protagonista y
ella Y.T. Aunque no se enamoran nunca, sus existencias cambian para
siempre, bajo el influjo de los esoterismos propios de la literatura
ciberpunk.
El
encuentro sirve para detonar el remolino de "Snow Crash", una novela
publicada a comienzos de los años 90 por el escritor Neal
Stephenson, que con el tiempo se ha transformado en un emblema
de esa literatura de ciencia ficción ambientada en un mundo
paralelo construido con tecnología. Gran parte de su éxito
se debe a que insinúa hipótesis para entender los
alcances de las transformaciones iniciadas por la aparición
de Internet.
Las
consecuencias de su obra son evidentes en la Red. Sin ir más
lejos, hay términos que ya están incorporados al vocabulario
del ciberespacio, donde las palabras a veces trascienden los límites
de los idiomas. En este caso las palabras son principalmente dos:
'Metaverso' y 'Avatar'.
El
Metaverso es un intento por explicar como puede quedar configurada
la realidad más allá de los monitores y de los aparatos
de conexión: ¿cómo se llama ese 'lugar'?, ¿y cómo
es? Unos años antes otro autor del mismo género, William
Gibson, intentó una célebre aproximación al
hablar de un espacio construido por alucinaciones consensuales de
millares de operadores interconectados tecnológicamente:
es el 'ciberespacio', una palabra tan utilizada que ya es sinónimo
de Internet.
Stephenson
es más concreto al presentar al metaverso como un espacio
construido con herramientas de realidad virtual. Es un sitio peculiar,
una Calle de miles de kilómetros de largo cortada por innumerables
transversales, un universo incubado por un grupo de hackers sometido
a una constante expansión por la superposición de
software.
Es
allí, en esa especie de lugar etéreo, donde deambulan
los seres de carne y hueso, y se encuentran, se transforman, intercambian
información, se aman, se odian, e incluso llegan más
lejos.
Claro,
que los seres de carne y hueso sólo pueden habitar el metaverso
mientras están conectados a las redes de fibra óptica
mediante unos visores que los transportan hasta esa otra realidad.
¿Suena como algo posible?
La
figura del hacker que algunos pretenden asociar con la de un delincuente,
en la novela aparece por lo que es: un especialista en navegaciones
a través de las redes para el cual no hay lenguajes de programación
secretos ni sistemas impenetrables, hasta que se demuestra lo contrario.
Los
seres conectados a los cuales nos referimos tienen una presencia
en el metaverso, es su avatar.
Neal
Stephenson no inventó la palabra 'avatar', que viene de la
antigua India, pero contribuyó a revestirla de un significado
muy especial en los tiempos modernos. En la novela los programadores
más experimentados logran diseñar los mejores avatares,
con frecuencia a imagen y semejanza de sus deseos menos confesables,
mientras los menos hábiles se conforman con software prefabricado,
y los que usan terminales públicos circulan representados
en un borroso blanco y negro.
Los
avatares son las representaciones de estos humanos que se mueven
a lo inmensamente largo del metaverso utilizando un monorriel (un
programa de uso público) o bien motocicletas u otros vehículos
producidos por sus propias aplicaciones. El intercambio de tarjetas
entre dos avatares, es el intercambio de información entre
la memoria de dos sistemas conectados.
"No
se ve a gente real, por supuesto. Son imágenes animadas dibujadas
por el computador que viajan por el cable de fibra óptica.
Esas personas son pedazos de software llamados avatar. Son cuerpos
audiovisuales utilizados en el metaverso para comunicarse. El avatar
de Hiro está ahora en la Calle, y si las parejas que van
en el monorriel miraran hacia él podrían verlo. Tal
como él los puede ver", escribió Stephenson.
Pero
este es sólo el escenario: más allá está
la trama. Hiro, especialista en el manejo de espadas japonesas,
debe mejorar su tráfico de información para juntar
dinero y poder pagarle el automóvil a la mafia. Así
se precipita en una intriga que involucra a Bob Rife, dueño
de la red de fibra óptica, sin duda un elemento de poder
tanto en ese futuro ficticio como en el presente real, quien a través
de una iglesia evangélica pretende conquistar el mundo.
Su
arma es una droga, Snow Crash.
En
la realidad, esa de carne y hueso, es una sustancia. Y en lo virtual,
una cortina de bits, un código binario de unos y ceros que
se despliegan en blanco sobre fondo negro frente a los ojos de los
hackers, quienes bajo ese influjo pierden la noción del tiempo
y el espacio.
En
el concepto de droga Neal Stephenson va aún más allá:
Snow Crash es en realidad un metavirus almacenado en la trastienda
de las mentes humanas desde la época de los sumerios, y la
fórmula para reactivarlo fue redescubierta por el megalómano
Rife en sus excavaciones de la antiquísima ciudad de Eridú.
La
teoría es la siguiente: en un tiempo pasado todos los seres
humanos cargaban en su mente este metavirus que los confinaba a
hablar un lenguaje simple y habitar una sociedad estática
bajo el poder de élites dominantes que, por supuesto, estaban
descontaminadas. Pero un dios de la antigüedad, Enki, lanzó
un encantamiento y todos comenzaron a hablar diferente. La historia
es conocida, es la de la Torre de Babel. Y Hiro explora esas profundidades
para tratar de neutralizar la Snow Crash.
"La
civilización sumeria estaba basada en arcilla. La utilizaban
para hacer edificios y para escribir en ella. Sus estatuas eran
de yeso, que se disuelve con el agua. Las estatuas y los edificios
fueron destruidos por los elementos. Pero las tablas de arcilla
eran horneadas o conservadas dentro de jarrones. Por esa razón
la data de los sumerios sobrevivió. Egipto nos dejó
un legado de arte y arquitectura. El legado de los sumerios son
sus megabytes". Esa tesis adorna la novela.
Una
novela larga, con una trama compleja. La sociedad real del futuro
es retratada con pesimismo. La tesis sobre los sumerios resulta
un poco abundante. Pero en medio de todo eso la presentación
del metaverso, de los avatares, de las luchas por el poder, tienen
una rara solidez. ¿O será que estamos influenciados por la
era de la información?
El
autor Stephenson es una persona formada en el mundo de la ingeniería
y la informática, y exhibe esos conocimientos. Como suele
suceder con esta corriente de la ciencia ficción denominada
por algunos como 'ciberpunk', es necesario conocer al menos algunos
rudimentos sobre tecnologías para adentrarse con mayor comodidad
en la trama. Aunque también hay una narración intensa
por detrás de los circuitos, que involucra a humanos, y a
otros que no los son tanto.
Dos
de ellos sustentan el repertorio inolvidable de personajes de esta
novela. Uno es Raven, el asesino perfecto, el último de los
aleutes que habitaron las islas Aleutianas al sur de Alaska, alimentado
por deseos de venganza contra Estados Unidos, que lanzó dos
bombas nucleares contra su padre, la primera cuando estaba preso
en Nagasaki y la otra en su propio territorio aleute, en el marco
de un experimento militar. Raven usa afilados cuchillos de cristal
y recorre Los Angeles en una motocicleta que lleva una carga peculiar,
una bomba H.
El
otro personaje destacado es el bibliotecario, una especie de avatar
sofisticado que se materializa sólo al activar un programa
diseñado para desenterrar los conocimientos del mundo. Las
preguntas son respondidas por este bibliotecario con cortesía
y citas textuales, pero no saca conclusiones. Que sea bibliotecario
no es casual, esa es una de las profesiones más impactadas
por la digitalización y las redes.
Stephenson
ha dicho que cuando comenzó a escribir Snow Crash quería
hacer un experimento con realidad virtual, pero costaba mucho dinero.
Entonces escribió. Y para lograrlo se sentó a pensar
en la tecnología "para crear escenarios que tuvieran sentido,
para darles un poco de consistencia".
El
escritor proviene de Seattle, y según la leyenda el rock
y el grunge sonaron duro mientras escribía su ácida
novela.
El
impacto de Snow Crash en el mundo de Internet es evidente. Los avatares
ahora son un concepto tecnológico y hasta comercial muy desarrollado,
y ya suelen poblar los 'mundos' de realidad virtual en la red, que
tienen un parecido con el literario metaverso.
Y las
palabras avatar, metaverso, o Black Sun (exclusivo club de la Calle
en la novela) pueden ser utilizadas con bastante éxito como
términos clave en los buscadores de Internet. Hay empresas
de realidad virtual y de videojuegos que no han dejado dormir en
paz esta obra literaria.
Stephenson,
en cambio, siguió escribiendo. Y hace dos años volvió
a impactar a los lectores del ciberpunk con otra novela: Cryptonomicon.
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