Notas

Neal Stephenson tiene una página web, donde pide que no lo perturben
http://www.well.com/user/neal/

El website de Cryptonomicon, posterior a Snow Crash, con info sobre el autor y otro material de interés
http://www.cryptonomicon.com/

Archivo de la revista Wired sobre Neal Stephenson
http://www.wired.com
/wired/archive/
people/neal_stephenson/

Bantam Books tiene Snow Crash en inglés

Ediciones Gigamesh tiene Snow Crash en español. Habrá que ver la traducción... Aquí hay algunas opiniones en nuestro idioma
http://www.ciencia-ficcion.com
/opinion/op281.htm


Metaverso, avatares y Snow Crash
Este viaje hacia la literatura comienza en lo más profundo del ciberespacio. En un mundo de simulaciones. Pero un mundo con consecuencias, con buenos y malos confundidos en una extraña guerra provocada por megabytes que viajaron a través de la historia instalados en la computadora más sospechosa: el cerebro.

Una adolescente cruza una ciudad de Los Angeles dividida en feudos, sólo que en este caso se trata de franquicias territoriales. Son los primeros años del siglo XXI mientras ella hace su recorrido a velocidad vertiginosa encima de una patineta: cuando quiere avanzar más rápido logra ser remolcada por los automóviles, a los cuales logra engancharse utilizando una especie de arpón con punta adherente.

En esa vida futurista conoce a un hacker repartidor de pizzas de la 'Cosa Nostra', quien acaba de romper el vehículo que le entregó la mafia para hacer su trabajo. El se llama Hiro Protagonista y ella Y.T. Aunque no se enamoran nunca, sus existencias cambian para siempre, bajo el influjo de los esoterismos propios de la literatura ciberpunk.

El encuentro sirve para detonar el remolino de "Snow Crash", una novela publicada a comienzos de los años 90 por el escritor Neal Stephenson, que con el tiempo se ha transformado en un emblema de esa literatura de ciencia ficción ambientada en un mundo paralelo construido con tecnología. Gran parte de su éxito se debe a que insinúa hipótesis para entender los alcances de las transformaciones iniciadas por la aparición de Internet.

Las consecuencias de su obra son evidentes en la Red. Sin ir más lejos, hay términos que ya están incorporados al vocabulario del ciberespacio, donde las palabras a veces trascienden los límites de los idiomas. En este caso las palabras son principalmente dos: 'Metaverso' y 'Avatar'.

El Metaverso es un intento por explicar como puede quedar configurada la realidad más allá de los monitores y de los aparatos de conexión: ¿cómo se llama ese 'lugar'?, ¿y cómo es? Unos años antes otro autor del mismo género, William Gibson, intentó una célebre aproximación al hablar de un espacio construido por alucinaciones consensuales de millares de operadores interconectados tecnológicamente: es el 'ciberespacio', una palabra tan utilizada que ya es sinónimo de Internet.

Stephenson es más concreto al presentar al metaverso como un espacio construido con herramientas de realidad virtual. Es un sitio peculiar, una Calle de miles de kilómetros de largo cortada por innumerables transversales, un universo incubado por un grupo de hackers sometido a una constante expansión por la superposición de software.

Es allí, en esa especie de lugar etéreo, donde deambulan los seres de carne y hueso, y se encuentran, se transforman, intercambian información, se aman, se odian, e incluso llegan más lejos.

Claro, que los seres de carne y hueso sólo pueden habitar el metaverso mientras están conectados a las redes de fibra óptica mediante unos visores que los transportan hasta esa otra realidad. ¿Suena como algo posible?

La figura del hacker que algunos pretenden asociar con la de un delincuente, en la novela aparece por lo que es: un especialista en navegaciones a través de las redes para el cual no hay lenguajes de programación secretos ni sistemas impenetrables, hasta que se demuestra lo contrario.

Los seres conectados a los cuales nos referimos tienen una presencia en el metaverso, es su avatar.

Neal Stephenson no inventó la palabra 'avatar', que viene de la antigua India, pero contribuyó a revestirla de un significado muy especial en los tiempos modernos. En la novela los programadores más experimentados logran diseñar los mejores avatares, con frecuencia a imagen y semejanza de sus deseos menos confesables, mientras los menos hábiles se conforman con software prefabricado, y los que usan terminales públicos circulan representados en un borroso blanco y negro.

Los avatares son las representaciones de estos humanos que se mueven a lo inmensamente largo del metaverso utilizando un monorriel (un programa de uso público) o bien motocicletas u otros vehículos producidos por sus propias aplicaciones. El intercambio de tarjetas entre dos avatares, es el intercambio de información entre la memoria de dos sistemas conectados.

"No se ve a gente real, por supuesto. Son imágenes animadas dibujadas por el computador que viajan por el cable de fibra óptica. Esas personas son pedazos de software llamados avatar. Son cuerpos audiovisuales utilizados en el metaverso para comunicarse. El avatar de Hiro está ahora en la Calle, y si las parejas que van en el monorriel miraran hacia él podrían verlo. Tal como él los puede ver", escribió Stephenson.

Pero este es sólo el escenario: más allá está la trama. Hiro, especialista en el manejo de espadas japonesas, debe mejorar su tráfico de información para juntar dinero y poder pagarle el automóvil a la mafia. Así se precipita en una intriga que involucra a Bob Rife, dueño de la red de fibra óptica, sin duda un elemento de poder tanto en ese futuro ficticio como en el presente real, quien a través de una iglesia evangélica pretende conquistar el mundo.

Su arma es una droga, Snow Crash.

En la realidad, esa de carne y hueso, es una sustancia. Y en lo virtual, una cortina de bits, un código binario de unos y ceros que se despliegan en blanco sobre fondo negro frente a los ojos de los hackers, quienes bajo ese influjo pierden la noción del tiempo y el espacio.

En el concepto de droga Neal Stephenson va aún más allá: Snow Crash es en realidad un metavirus almacenado en la trastienda de las mentes humanas desde la época de los sumerios, y la fórmula para reactivarlo fue redescubierta por el megalómano Rife en sus excavaciones de la antiquísima ciudad de Eridú.

La teoría es la siguiente: en un tiempo pasado todos los seres humanos cargaban en su mente este metavirus que los confinaba a hablar un lenguaje simple y habitar una sociedad estática bajo el poder de élites dominantes que, por supuesto, estaban descontaminadas. Pero un dios de la antigüedad, Enki, lanzó un encantamiento y todos comenzaron a hablar diferente. La historia es conocida, es la de la Torre de Babel. Y Hiro explora esas profundidades para tratar de neutralizar la Snow Crash.

"La civilización sumeria estaba basada en arcilla. La utilizaban para hacer edificios y para escribir en ella. Sus estatuas eran de yeso, que se disuelve con el agua. Las estatuas y los edificios fueron destruidos por los elementos. Pero las tablas de arcilla eran horneadas o conservadas dentro de jarrones. Por esa razón la data de los sumerios sobrevivió. Egipto nos dejó un legado de arte y arquitectura. El legado de los sumerios son sus megabytes". Esa tesis adorna la novela.

Una novela larga, con una trama compleja. La sociedad real del futuro es retratada con pesimismo. La tesis sobre los sumerios resulta un poco abundante. Pero en medio de todo eso la presentación del metaverso, de los avatares, de las luchas por el poder, tienen una rara solidez. ¿O será que estamos influenciados por la era de la información?

El autor Stephenson es una persona formada en el mundo de la ingeniería y la informática, y exhibe esos conocimientos. Como suele suceder con esta corriente de la ciencia ficción denominada por algunos como 'ciberpunk', es necesario conocer al menos algunos rudimentos sobre tecnologías para adentrarse con mayor comodidad en la trama. Aunque también hay una narración intensa por detrás de los circuitos, que involucra a humanos, y a otros que no los son tanto.

Dos de ellos sustentan el repertorio inolvidable de personajes de esta novela. Uno es Raven, el asesino perfecto, el último de los aleutes que habitaron las islas Aleutianas al sur de Alaska, alimentado por deseos de venganza contra Estados Unidos, que lanzó dos bombas nucleares contra su padre, la primera cuando estaba preso en Nagasaki y la otra en su propio territorio aleute, en el marco de un experimento militar. Raven usa afilados cuchillos de cristal y recorre Los Angeles en una motocicleta que lleva una carga peculiar, una bomba H.

El otro personaje destacado es el bibliotecario, una especie de avatar sofisticado que se materializa sólo al activar un programa diseñado para desenterrar los conocimientos del mundo. Las preguntas son respondidas por este bibliotecario con cortesía y citas textuales, pero no saca conclusiones. Que sea bibliotecario no es casual, esa es una de las profesiones más impactadas por la digitalización y las redes.

Stephenson ha dicho que cuando comenzó a escribir Snow Crash quería hacer un experimento con realidad virtual, pero costaba mucho dinero. Entonces escribió. Y para lograrlo se sentó a pensar en la tecnología "para crear escenarios que tuvieran sentido, para darles un poco de consistencia".

El escritor proviene de Seattle, y según la leyenda el rock y el grunge sonaron duro mientras escribía su ácida novela.

El impacto de Snow Crash en el mundo de Internet es evidente. Los avatares ahora son un concepto tecnológico y hasta comercial muy desarrollado, y ya suelen poblar los 'mundos' de realidad virtual en la red, que tienen un parecido con el literario metaverso.

Y las palabras avatar, metaverso, o Black Sun (exclusivo club de la Calle en la novela) pueden ser utilizadas con bastante éxito como términos clave en los buscadores de Internet. Hay empresas de realidad virtual y de videojuegos que no han dejado dormir en paz esta obra literaria.

Stephenson, en cambio, siguió escribiendo. Y hace dos años volvió a impactar a los lectores del ciberpunk con otra novela: Cryptonomicon.

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