EL ATRIL Y EL SOFTWARE / 2
Arte
y nuevas tecnologías
Pensando en la era electrónica...
“El
invento de la electricidad y el teléfono marcó el comienzo
de la elevación del ser humano, retransmitiendo sonidos
e imágenes que cambiarían la vida del hombre para siempre”,
señala un manifiesto cibernético fechado en 1996. Y frente
a la efervescencia que produce la dimensión de la realidad
virtual, la expresión gráfico-artístico no se queda atrás.
Carlos
Alonso Díaz *
Cuando
nos encaminamos a pensar en torno a la esfera de lo que
se ha llamado “arte digital” – o “pseudo-arte”, a juicio
de las mentes panteístas -, surgen inevitablemente un conjunto
de escollos –entre ellos, prejuicios culturales, económicos,
intelectuales e incluso afectivos-, que dificultan vislumbrar
ciertamente cuales son los conductos por donde atraviesa
la disciplina en cuestión.
En
término general podemos precisar que “lo digital” alude
a la creación de una obra artística realizada con la participación
de un computador y sus periféricos como herramienta de trabajo
(scanner, tableta digitalizadora, programas especializados,
cámara digital, impresora, etc). Con el diseño gráfico hay
ciertos puntos en común, como el uso del Adobe Photoshop
y otros complementarios, pero se diferencian sobre la base
que el diseño toma como eje la repetición y lo exacto privilegiando
virtuosamente la técnica, mientras que el arte toma de la
programación las herramientas que sólo le son útiles para
la creación, muchas veces, privilegiando la abstracción
y la mancha, para lo cual selecciona una parte de los comandos.
Con
el paso de los meses ha aparecido en la Red y algunas publicaciones
impresas un considerable número de predicadores que pretenden
revelar y dar claves para la comprensión del fenómeno, llegando
incluso a una contraproducente degradación del asunto que
pone en el tapete una cuestión sustancial vaciada de referentes
y contextos de real significación.
Al decir
de esto, pareciera que en no pocos casos el trabajo teórico
en torno al arte electrónico –y en torno a la cibernética
misma-, parece obviar las promesas de innovación y así quedar
reducido a poco, no tomando en cuenta esa cierta subjetividad
hasta ahora reprimida y potencialmente capaz de fracturar
la continuidad lineal de la Modernidad. Según Alberto Abruzzese
“en Italia intelectuales como Umberto Eco o Furio Colombo
han hecho ya su elección: hablan de los nuevos medios relacionados
con viejos sujetos, es decir, del “sujeto histórico” de
aquel saber, que creen indiferente a las “innovaciones”",
y prosigue señalando que “debemos evidenciar lo más posible
la diferencia entre los lenguajes de la reproductibilidad
técnica y los lenguajes de la cibernética. A partir de
ese estudio se evidencian las estrategias que han caracterizado
el proceso de socialización de la civilización moderna;
no solamente el desarrollo de la escritura, gracias a los
lenguajes audiovisuales de los que se ha garantizado ella
misma el control; sino también de las formas del arte, las
relaciones entre artista y público, entre público y crítica,
entre crítica y mercado”.
¿En
donde radica la complejidad de todo esto?. En la conjunción
de dos dogmas diferentes: la pintura, por un lado, y la
tecnología de la información, por el otro. En Latinoamérica,
pese a la decorosa y tardía asimilación del fenómeno estético,
examinar que lo digital, el soporte informático y el lenguaje
de los píxeles ha entrado al circuito del arte no es misterio.
Si hubiera que graficar de manera suscinta el propósito
de la “obra” podría tomarme la licencia de establecer una
analogía con las vanguardias de principios de siglo XX (los
llamados ismos”). Probablemente si Bretón, Marinetti, Eluard
o Duchamp hubieran tenido la oportunidad de acceder a un
ordenador, y aún más, estrechar contacto con la Realidad
Virtual, no necesariamente habrían reemplazado el óleo por
el byte, pero tampoco habrían sido contempladores pasivos
o ajenos al contexto. De hecho en el Primer Manifiesto del
Futurismo, el poeta canta a la velocidad del automóvil,
al triunfo del edificio por sobre la precariedad de la choza,
al electrodoméstico soberbio y a la lucha encarnizada contra
todo precepto tradicionalista que se opusiera al devenir
del “futuro”.
Inauguramos
con esto, otro conflicto de proporciones que ya tiene atisbos
en el pensamiento de la Escuela de Francfort, inicialmente
con la nueva concepción elaborada por Walter Benjamin al
sostener que “el arte perdió su aura, su aquí y ahora al
ser reproducido como un nuevo producto”, refiriéndose al
objeto artístico en los tiempos de reproductibilidad técnica
que tiene raíces ya en la fotografía del siglo XIX y los
procedimientos litográficos que, si los comparamos sobre
un eje tempo-espacio, convertirían a Andy Warhol en un conservador
primigenio en relación al panorama de nuestros días que
insufla portentosamente desde fines de los 70” con la emergencia
del Video-Art.
Según
el argentino Fabio Doctorovich: “la Realidad Virtual brinda
ciertas ventajas y confiere propiedades especiales a los
elementos y procesos que acoge; eso permite determinar con
ellas relaciones de tipo verbales -en el caso de la poesía
hipertextual-, visuales, sonoras, gestuales, etc., que no
son concebibles en nuestro entorno real y físico”. Y si
el Surrealismo, que goza de sobregirado enardecimiento y
admiración, pintaba imágenes oníricas, escribía sobre los
pasadizos más extraviados de la galería mental humana jamás
vistos, por qué entonces existe esa posición de reniego
o no aceptación de la pintura digital, siendo que ambas
recrean un entorno ficticio y están justificadas válidamente
por un discurso?. Hay claramente dos factores: asimilación
(decodificación, sensación de materialidad) y entendimiento
(identificación, raciocinio, en lo cual influye el gusto).
El primer
escollo apela directamente a un juicio de “plasticidad”:
análisis de la condición espacial, material, tangible, directamente
cuantificable (dificultad que ante el común de la gente
experimenta también la Instalación y cierto tipo de escultura
no figurativa). Interviene el factor tiempo, tradición e
historia; asimilación, identificación y la mimesis de la
que nos habló Aristóteles. Esa búsqueda de “tenencia” del
espectador ante el teatro a fin de canalizar la catarsis.
Es probable que si interrogamos a una persona no especialista
en el tema y le hacemos escoger entre una “Panorámica de
los bosques maulinos” o “El Huaso y la Lavandera” y un holograma
o intervención fotográfica en 3-D, no negará que la luz
del caleidoscopio le produjo conmoción o “algo”, pero finalmente
optará por los dos primeros por que la carga literaria es
perfectamente contextualizada y aprehendida. Esto obedece
a una serie de problemas sociológicos que no es el momento
de enumerar, pero básicamente a procesos intelectuales y
sociales que guardan nexo angosto con la economía de los
países. El número de público que asiste el Rijksmuseum
de Amsterdam no es el mismo que el del Museo del
Barro de Asunción o el Colonial de Santiago. Las sociedades
poderosas han desarrollado cierta “educación” y “percepción”
por el patrimonio cultural, que en nuestros países pasa
a un plano menor por la escasez de recursos y políticas
de fomento-rescate.
En segundo
lugar, la aceptación de la obra por parte del público. El
gusto, como lo escribiera Feijoo: “no es herramienta certera
de juicio, pero de que ejerce poderío en las vidas no hay
duda”. A raíz de lo descrito arriba, es cierto que el arte
es una disciplina sistemática, problemática y bifurcada
que para entender (especialmente a partir de 1860) hay que
documentarse y familiarizarse con el pensamiento. La imagen
tiene códigos que van más allá de la simple percepción e
interpretación momentánea.
Existe
un discurso, de lo contrario la pintura y la música no dejarían
de ser sólo “pintorescas”, es por eso que no podemos enjuiciar
a quienes no comprenden o no aceptan comulgar con el entorno
digital, están en su derecho. No vivimos en un espacio desarrollado
y el uso del ordenador aún no se ha masificado. A esto añadamos
el poco compromiso existente por concientizar a la población
sobre el proceso informático. Perfectamente podría aplicarse
el proverbio que señala que “no se ama algo mientras no
se conoce”, y ciertamente si Rodó o Martí vivieran, estarían
haciendo lo suyo a través de una Red.
Finalmente,
la escasa conciencia artística nos plantea el gran enigma
de cómo puntualizar el estudio de las artes electrónicas.
Paciencia, vamos en camino. La primera vez que vio la luz
“Les Demoiselles d´Avignon” de Picasso produjo desconcierto
y crítica, lo mismo que ocurrió con las composiciones de
Cézanne y Courbet. Sin embargo, la maduración de los momentos,
las instancias de diálogo e intercambio intelectual y la
perdurabilidad de las ideas trascienden lenta y vigorosamente.
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El autor Carlos Alonso Díaz Soto es licenciado en
Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile.