Cookies: Galletas sospechosas...

El nombre en inglés está planetariamente popularizado: cookie. Pero claro, en este caso no hablamos de la tradicional galletita que anunciaría una traducción directa, especialmente a la hora del té, sino de un componente de software que se cuela en nuestros discos duros desde los sitios web de Internet.

Las cookies abundan por doquier. Incluso, algunos sitios no funcionan a plenitud si el navegante decide desactivarlas desde las 'preferencias' u 'opciones' de su programa browser (Netscape o Explorer habitualmente).
Su función primordial es el registro de actividades del navegante, presuntamente con la intención de ofrecerle información más personalizada, pero algunos grupos defensores de las libertades de navegación argumentan que la recopilación de datos en realidad invade la intimidad y se usa con fines inescrupulosos, como el direccionamiento de campañas de publicidad.
La verdad es que las cookies tienen la capacidad para captar los hábitos del usuario, qué sitios visita, a qué hora. La información es recopilada cuando vuelve a visitar el sitio que originalmente le instaló el componente, donde su contenido es raudamente interpretado.
El problema, es que el uso de estas galletitas está extendido por todo el ciberespacio, y en algunos lugares tiene sentido porque está estrictamente vinculado a la oferta de servicios.
La alternativa, es privarse de esa ventaja y decidir resguardarse contra las cookies desactivándolas en las preferencias del browser o navegador: en sus últimas versiones todos incorporan esa posibilidad. Pero entonces descubrirá que algunos sitios se dan cuenta en seguida, y le advierten que si no las activa, será imposible ofrecerle todos sus presuntos beneficios.
¡Paradoja ciberespacial!


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