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El sonido de la música
Quién lo diría: la llegada al futuro está musicalizada por una tecnología procesada judicialmente. Pero es el signo de los tiempos de Internet, que apenas comienza a perturbar la realidad.

Una mañana puede comenzar con la ejecución del archivo Rosamunde. Después de encender tu computador haces un doble 'clic' sobre el icono que identifica a Napster, luego te vas a la Biblioteca (Library) del sistema donde están acumuladas tus preferencias y viajas hasta la 's' de Schubert.
Al pié de la pantalla un mensaje colocado a comienzos de febrero te indica: en ese preciso momento hay casi dos millones de archivos musicales disponibles para ser bajados gratuitamente desde la computadora de otra persona hasta tu mismísimo disco duro. Así transcurre el tiempo en Internet.
Pero esa rutina electrónica, instalada en el día a día de millones de cibernautas desde hace más de un año, se realiza ahora en medio de perturbaciones. El sistema Napster fue acusado de violar normas de derecho de autor, y un tribunal estadounidense le pidio tomar medidas para evitar el intercambio de archivos protegidos por la ley a través del sistema.
A la larga, este veredicto anunciado en febrero de 2001 implica la desaparición de Napster tal como lo conociamos. En el mejor de los casos podría transformarse en un sistema por suscripción, y en el peor enfrentar penalidades económicas tan grandes que lo harían quebrar.
El caso de Napster llevó el tema del intercambio gratuito de música en Internet a las páginas de diarios de todo el mundo. Pero en general las noticias se concentran excesivamente en la empresa y no reflejan lo que hay por detrás de todo: un sorprendete desafío al sistema de derechos de autor.
Cuando nos referirmos al sistema de derechos de autor no hablamos simplemente de los autores ni sólo de los del medio artístico. Se trata más bien de una gigantesca industria que ha permitido el desarrollo de áreas de negocios donde son transadas abrumadoras cantidades de dólares.
La cara más visible de esta industria, por su popularidad, es la de la música. Y podríamos decir que una de las más complejas es la de los fármacos, donde la propiedad intelectual es defendida con patentes.
Fue la popularidad de la música lo que convirtió a Napster en un sistema pionero. El comienzo de este sistema es como un cuento de hadas de la era digital: un jóven estudiante universitario, Shawn Fanning, desarrolla una tecnología para intercambiar archivos de música con otras personas que concurren a salas de conversación en Internet. Pero el éxito inmediato provoca el nacimiento de la nueva compañía en mayo de 1999.
Napster intercambia archivos del tipo MP3, en los cuales los datos son comprimidos. Esa compresión permite transmitir archivos de gran tamaño (con alta calidad de reproducción) a través de Internet. Pero los MP3 ya existían, Napster simplemente facilitó un mecanismo para intercambiarlos.
El uso de la tecnología Napster es tan sencillo como bajar la aplicación de www.napster.com y buscar música en los directorios disponibles, que son aportados por todos los usuarios conectados al sistema a través de Internet. Esa base de datos ha crecido tanto, que más allá de la música popular es posible encontrar música selecta, música folclórica de países lejanos, grabaciones raras y hasta poesía recitada.
Los analistas de la batalla judicial enfrentada por Napster no tienen ninguna duda sobre cuál ha sido su punto débil: más allá de entregar la aplicación, que cada usuario puede usar como le da la gana, maneja una base de datos centralizada con información sobre las canciones disponibles. Esto permite realizar búsquedas eficientes, pero según los abogados también permitiría a Napster impedir la circulación de música protegida por copyright.
En los últimos días se ha hecho notar con insistencia que la eventual desaparición de Napster simplemente permitirá actuar a empresas poseedoras de otras tecnologías, existentes o por inventarse, que entregarán la aplicación a los usuarios sin ningún control sobre el material que transan. La más conocida de esas tecnologías es Gnutella.
La batalla contra Napster y sus secuelas dejan en claro los desafíos que plantea la aparición de Internet. Uno de ellos tiene que ver con los proveedores de intermediación o de tecnología: ¿cuál es su papel como violadores de derechos intelectuales u otros derechos protegidos? Y el otro se refiere a los derechos de autor: ¿podrá resistir el esquema vigente el embate de una tecnología que altera los paradigmas, o tendremos que inventar un nuevo copyright?
En medio de los hechos tribunalicios hubo numerosos artistas que criticaron la existencia de Napster, pero por algún motivo queda la sensación de que los derechos de 'autor' protegen más a los comerciantes de los productos que a los autores. De hecho, fueron las compañías grabadoras las que demostraron más inquina en la persecusión judicial.
Quienes apoyan el surgimiento de tecnologías como las de Napster sugieren que en realidad favorecen el mercado musical y que no hay cifras definitivas para demostrar daños o beneficios. Nadie ha probado que hayan bajado las ventas de CDs, por ejemplo. Esos argumentos abundan en un 'foro' habilitado por Napster en su sitio web. La campaña de los dueños de esta tecnología se llama 'speak out', y hace un llamado a millones de usuarios a manifestar su opinión.
El problema de los derechos intelectuales apenas comienza. Y eso lo plantea, por ejemplo, el novelista John Le Carré, quien recurrió a un nuevo campo de intrigas para sus novelas, el de las empresas farmacéuticas, su cobro de gruesos derechos en la forma de patentes, y la manera en la cual surten a muchos países pobres con medicamentos carísimos o vencidos.
El escritor recuerda, en un artículo publicado en El País, que la farmacéuticas alegan que necesitan recursos para seguir investigando, pero invierten mucho más en marketing. El malo, en su nuevo mundo, es "el gran farma".

Fin
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