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Alucinaciones convergentes
Es más que una sensación: entramos en un siglo vertiginoso. Uno de los principales exploradores del futuro trató de sintetizar lo que podría ocurrir, y el resultado es estremecedor.
(Nota: vea érase una vez en el ciberespacio)

Tienes la impresión de que casi siempre es de noche: la luz no tiene demasiadas oportunidades en la última novela de William Gibson, ‘All tomorrow’s parties’. En cambio el futuro aparece desplegado de una manera particularmente inquietante, porque es un futuro posible. Estamos en la superficie del planeta tierra, en medio de una explosión de marginalidad donde Internet es tan común como la electricidad, la contaminación cunde, y la nanotecnología comienza a florecer.

Gibson ganó un nombre en la ciencia ficción en 1984 cuando publicó la novela ‘Neuromante’, donde se define el ciberespacio: "allí no existe el allí". O si lo prefiere: "una alucinación consensuada" entre miles de operadores conectados. Ahora ciberespacio es sinónimo de Internet, y durante los últimos 16 o 17 años el escritor se dedicó a completar una obra basada en un destino donde la humanidad está más afectada que nunca por su convivencia con la tecnología que la circunda, convertido en el mayor exponente de un género de confusa definición llamado ‘ciberpunk’.

‘Neuromante’, que transcurre en un futuro distante con una Internet hiperdesarrollada controlada por inteligencias artificiales y minada por navegadores expertos llamados ‘cowboys’, se transformó en una trilogía de novelas.

Y después vino otra serie más de tres libros, esta vez basada en un futuro mucho más cercano: en ‘Luz virtual’ se presenta la explosión de marginalidad en un hipotéticamente abandonado puente Golden Gate; en ‘Idoru’ un humano que es "natural de la Red" y puede navegar por instinto en Internet debe lidiar con los sentimientos de una ídolo de realidad virtual; y luego en ‘All tomorrow’s parties’ todo concluye con la realidad convertida en un caos.

(Nota: vea más info sobre esta trilogía en Saga 2)

En este momento de nuestras vidas la Internet ya existe, los ídolos de realidad virtual con vidas inventadas que sólo pueden ser vividas en los discos duros se multiplican, y todo parece indicar que la nanotecnología se hará realidad como máximo en una década. La ciencia ficción de esta última serie de novelas gibsonianas traslada al lector del género a un escenario intuido.

La idoru (al parecer se pronuncia aidoru) o ídolo virtual de Gibson se llama Rei Toei. Cuando la novela ‘Idoru’ iba a salir el autor visitó Tokio y descubrió allí el proyecto de DK96, una joven que ya triunfaba sin existir, y según confiesa se le erizaron los pelos de la nuca.

En la última novela Rei Toei busca huir de su destino virtual, después de haber fracasado en un estruendoso affaire amoroso con Rez, un cantante sinoirlandés de carne y hueso que deseaba convertirse en software. Pero ese anhelo es solamente sugerido durante la mayor parte del libro. Sólo sabemos que todos la conocen pero nadie la puede tocar: "Ella es una voz, una cara familiar para millones de persones. Es un océano de código, la máxima expresión de los programas de entretenimiento".

La trama es detonada por Colin Laney, el natural de la Red. Laney encuentra la información de manera instintiva, se mueve a través del ciberespacio o la ‘infoesfera’, como la denomina Gibson en este libro, como pez en el agua, es el resultado de un experimento con sustancias prohibidas practicado en un orfanatorio y pierde el control de su vida real. Pero tiene un presentimiento, la humanidad está al borde de un ‘punto nodal’, un momento crucial como el de 1911 cuando sucedió algo que no termina de especificar, relacionado con el descubrimiento del radio por los Curie.

Todo sucede en un mundo donde se detecta evolución cultural y regresión social, en medio de una profunda conectividad. El instrumento preferido para establecer relación con la información son los anteojos, que operan como monitores inalámbricos.

Las contradicciones que nos esperan en el futuro tal vez estén expresadas por las palabras de la idoru cuando aparece proyectada desde Internet hacia la vida cotidiana por un aparato de hologramas: "Soy Rei Toei... este es un holograma, pero yo soy real".

Luego entra en escena la nanotecnología. Es la ciencia que investiga la posibilidad de construir máquinas tan pequeñas que colindan con lo invisible, capaces de manipular la materia a escala atómica. Un axioma relacionado con esta ciencia que está naciendo en costosos laboratorios dice que el grafito y el diamante tienen los mismos átomos, el problema es saber combinarlos.

La visión más clásica de la nanotecnología apunta hacia los nanobots, quizás mitad proteína mitad máquina, capaces de reproducirse y de emprender tareas insólitas, como la regeneración de tejidos, o la eliminación de la contaminación. La ciencia ficción más reciente ya los visualiza como armas de combate capaces de extermino selectivo, o constructores de grandes edificios. Y es una visión temible.

En la novela de Gibson los primeros nanobots aparecen trabajando para eliminar una mancha tóxica en las playas de California, pero la población está mas asustada de los limpiadores que de la contaminación, pues su poder es inexplicable.

El nudo casi gordiano de la trama reside en la facultad de los nanoensambladores, capaces de replicar la materia. Y en un aparato llamado "nanofax", producto de una conspiración empresarial dirigida por un potentado ‘mitad Bill Gates mitad Woody Allen’. Conectado a la Red, el nanofax es capaz de reproducir la materia a distancia. En la novela, son instalados al interior de una poderosa cadena de supermercados baratos de origen asiático llamados Lucky Dragon.

Y Rei Toei está dispuesta a intervenir el nanofax. ¿Qué pasa cuando un ser virtual engaña a una máquina como esta? ¿Por qué de repente aparecen esas muchachas en las tiendas Lucky Dragon de todo el planeta? El punto nodal, entonces, se ha producido. Es la convergencia de dos realidades distintas.

 

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