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El apartheid digital
Las revoluciones llegan cargadas de promesas, y la "de la información" no es una excepción. Está bien, tenemos la Internet y el museo de Louvre se expone a un clic de distancia. Pero hay demasiada gente que no tiene ni siquiera un enchufe en su casa. Y ese sí que es un problema. En lenguaje más técnico se lo conoce como Brecha Digital.

En medio de un escenario cargado de promesas comerciales y democráticas que por su intensidad a veces parecen espejismos, crece la preocupación por el poder desigualador de Internet. La llegada de la Red de redes a nuestra realidad contribuye a alimentar la brecha entre quienes tienen más y quienes tienen menos, y la diferencia en este caso se concentra en torno a un bien que gravita sobre nuestra sociedad del 2000: el acceso a la información.
Los analistas de Internet en el país más conectado, Estados Unidos, ya manejan un término para referirse a esta novedosa disparidad: "digital divide", que en español se traduce como "brecha digital". Y la fórmula para conjurar esta división es el lanzamiento de estrategias para producir un fenómeno ideal que también tiene nombre: "acceso universal".
Es un tema de creciente importancia. En Naciones Unidas ya abundan los documentos y las propuestas para combatir la brecha digital, y son numerosos los gobiernos que hablan de atacar este problema. Tanto hablan, que ha surgido una suspicacia: el manejo político de esta desigualdad es relativamente fácil de practicar, lo difícil es resolverla.
Hay varios elementos que alimentan esta brecha. La pobreza, es el más obvio. Pero esta se despliega con increíble versatilidad en un abanico que incluye diferencias de razas, carencias en educación, falta de contenidos adecuados para las personas que recién acceden a la tecnología, y por último problemas de infraestructura. Los ponemos al final porque si bien son abismales, tienen una solución más concreta.
En Estados Unidos, por ejemplo, hay una brecha importante: informes especializados aseguran que la mayoría de los internautas son blancos, y en general no son pobres. Y los desconectados, son los otros.
Los desafíos del "digital divide" también preocupan a los pensadores de la Red, a los miembros de la Internet Society que opera como un consejo de expertos interesados en promover el desarrollo armónico de la conectividad, y por supuesto a algunos países donde existen problemas graves para garantizar el acceso.
Porque además es así: los negros e hispanos de Estados Unidos seguramente se conectarán con el tiempo, forzados por el estado de las cosas... en el futuro lo harán cuando haya que cobrar el cheque de seguridad social por Internet, o cuando el refrigerador venga con una dirección de la Red. Las computadoras en ese país son accesibles, el teléfono probablemente sea el más barato del mundo, y la electricidad está por doquier.
Pero en muchas naciones del mundo, algunas de ellas muy habitadas, hay demasiada gente que no tiene ni siquiera acceso a un enchufe con electricidad. Y ni qué decir a otros tres elementos necesarios para conectarse: teléfonos, computadoras, alfabetización. El reto de llevar la Internet a estas sociedades es tan grande que coloca a sus integrantes más allá de la desigualdad, al borde de un apartheid.
Hay unas 400 millones de personas conectadas a Internet, apenas un pedacito de los 6.000 millones de terrícolas. Y todos hemos leído, bombardeados por noticias que sólo hablan de lo bueno, que la ciberpoblación aumentará a un ritmo extraordinario durante estos primeros años del nuevo siglo. Sin embargo, en 1999 el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) emitió un informe que recordó la existencia de un mundo real.
En ese mundo una nación con cinco por ciento de la población mundial, concentra más de 50 por ciento de las conexiones. Más allá de Estados Unidos y de otros países industrializados, entre las naciones del "sur" los internautas pertenecen a los sectores más pudientes, destacó el PNUD, que alertó oficialmente sobre un crecimiento en la brecha entre ricos y pobres basada en el acceso a la información. Inforricos e infopobres.
"La sociedad conectada crea sistemas de comunicaciones paralelos: uno para aquellos que tienen ingresos, educación y conexiones que les permiten acceder a gran cantidad de información a bajo precio y altas velocidades; y otro de aquellos sin conexiones".
Se dice que al menos 50 por ciento de los estadounidenses están en Red. El gobierno de ese país ya lanzó planes millonarios para estimular conexiones de colegios y comunidades, y dispuso exenciones de impuestos por 2 millardos de dólares para empresas que desarrollen programas de capacitación en informática e Internet. La meta es que todos tengan acceso a las computadoras y las redes.
En los países nórdicos y en Japón quizás van más avanzados en el logro de esa meta, y Europa viene detrás. Pero en la mayor parte del mundo no es así.
En América Latina, una región más desigual que pobre, menos de 10 por ciento de la población está conectada a Internet. El potencial de crecimiento es grande, pero está sujeto al aumento en el uso de las computadoras y al elevado costo de la telefonía. En algunos países el gobierno ha intervenido generando condiciones para bajar los costos de conexión y lanzando planes de acceso a Internet en las escuelas, con el objeto de sembrar el germen en los jóvenes, un potencial indudable en estos cibertiempos. Sin embargo, no es suficiente: una vez que se hayan conectado los 'conectables' (educados, pudientes, etc), vendrá la parte más dura.
Y cuando alguien dice que el mundo está destinado a una era de Internet con conexiones por doquier, conviene darle un vistazo a Africa: a pesar de albergar a 12 por ciento de la población mundial, tiene apenas 1,8 por ciento de las líneas telefónicas. Sólo una persona de cada 100 tiene teléfono, y muchísima gente nunca en su vida ha hecho una llamada.
De Internet ni hablar: el 0,006 por ciento de la población la usa en Burkina Faso, y 0,12 por ciento en Gambia, según se informó en el Foro Africano de Desarrollo.
El problema es conocido. Numerosos organismos y empresas han lanzado iniciativas piloto en ese continente, para tratar de torcer la realidad y se asegura que ya más de cuatro millones de africanos se conectan. Pero el camino es duro, se necesitarían inversiones por 25.000 millones de dólares anuales, durante varios años, para superar la brecha.
El objetivo final, por supuesto, es que Internet sea verdaderamente un bien de uso masivo en el mundo. Ni siquiera como el teléfono: como la electricidad. Y aún así será difícil, pues 70 por ciento de los africanos no tiene donde enchufar una computadora.

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