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Teoría
del electrolibro
Michael
Hart comenzó a desafiar la realidad con los electrolibros en
1971, cuando Internet no existía. Había apenas un puñado
de servidores de red, casi nadie conocía las computadoras,
el futuro electrónico era un sueño: en Vietnam olía
a napalm, florecían los espías, los Beatles recién
se habían separado.
En medio de ese mundo Hart sí tuvo acceso a una computadora
y de inmediato pensó que era una herramienta ideal para realizar
una obsesión personal, la de poner el conocimiento al alcance
de la mayor cantidad posible de personas. Y para conseguirlo pensó
en los libros. O quizás mejor dicho, en los textos.
Su primera transcripción fue la de la declaración de
la independencia estadounidense, y luego continuó con otros
textos de ese estilo. Pero en 1988, cuando la revolución informática
estaba en marcha, dio un paso trascendental: después una semana
seguida de trabajo puso en línea un libro que también
cuestionaba el estado de las cosas: "Alicia en el país de las
maravillas".
Cuando Internet se desencadenó hacia mediados de los 90 la
iniciativa de Michael Hart ya tenía nombre y apellido. El Proyecto
Gutenberg (www.promo.net/pg)
era reconocido en los incipientes círculos de la literatura
electrónica como una osadía.
La receta es simple. Se trata de seleccionar obras cuyos derechos
de autor están vencidos, o de autores dispuestos a ceder sus
derechos, con la finalidad de trasladarlos desde el papel a un disco
duro, para colocarlos en un servidor de acceso gratuito desde donde
cualquier persona puede consultarlos, grabarlos o imprimirlos.
Hart ha luchado durante 30 años por conseguir recursos y voluntarios
para el Proyecto Gutenberg, y siempre insiste en la importancia de
liberar el conocimiento, como algún día, hace siglos,
lo liberó la imprenta. Y como, en cierta medida, lo hace Internet.
En agosto de 1997 el Proyecto Gutenberg publicó la obra número
1.000, "La divina comedia". Y de acuerdo con su boletín de
informaciones, en abril del 2000 tenía más de 2.500
obras en su lista. A mediados de 2001 el catálogo bordeaba
los 3.500, entre las últimas publicaciones figuraban el informe
del Proyecto Genoma y la traducción de Richard Burton de Las
mil noches y una noche.
Desde los años 80 el mundo de los depósitos de textos
electrónicos comenzó a poblarse más allá
del Proyecto Gutenberg. Estas iniciativas habitualmente se conocen
con el nombre de bibliotecas virtuales y algunas
de acumulan extensos catálogos a la llegada del 2000.
Hay una vieja discusión basada en la comparación de
los libros en papel con los libros electrónicos, que en el
fondo es un ejercicio inútil pues son productos complementarios.
El papel sigue siendo más agradable y manipulable, es horrible
leer en la pantalla de los monitores, y resulta desagradable la relación
con el cursor, en vez de la tradicional pasada de página.
Pero los textos electrónicos tienen sus cualidades. Para comenzar,
en las bibliotecas virtuales son gratis, pueden ser copiados, pueden
almacenarse en diversos formatos, pueden ser explorados con un buscador
de palabras clave, pueden ser recortados, y por supuesto pueden imprimirse.
Además, ponen al alcance de la mano libros que no siempre pueden
conseguirse: clásicos y antiguos.
En el sitio universitario de Books-on-Line (http://digital.library.upenn.edu/books/)
ya tienen catalogados 14.000 libros completamente gratuitos. El sitio
opera como un índice, que se nutre de las colecciones de varias
bibliotecas virtuales. Un recorrido por sus anaqueles electrónicos
puede ser apasionante: tratados medievales, las novelas originales
sobre Tarzán, una versión íntegra de "Robinson
Crusoe" en toda su densidad.
Uno de los menú principales de Books-on-Line contiene enlaces
a otros catálogos y bibliotecas virtuales del mundo. Es un
sitio que ha crecido muchísimo en los últimos años,
especialmente la sección en idiomas distintos al inglés,
porque la diversidad lingüística de Internet es cada vez
mayor..
En el caso del castellano durante mucho tiempo hubo una carencia de
bibliotecas virtuales. Algunos sitios web publicaban cuentos, fragmentos,
incluso alguna novela. La escena estaba dominada por unos cuantos
quijotes, algunas otras cosas del pasado español, un sitio
mexicano lleno de Rulfo, un buen lugar de literatura argentina. Pero
en el 2000 las cosas empezaron a cambiar, por suerte.
El Proyecto Cervantes (http://cervantesvirtual.com/)
lanzó un repotenciado sitio en cervantesvirtual.com, muy bien
dotado de obras en castellano. Por supuesto, abundan los clásicos,
aunque también hay algunos autores modernos. El catálogo
ya es extenso, y puede dar origen a largas navegaciones. Quieren llegar
a tener 30.000 obras en un futuro no tan distante.
La bibliotecas virtuales, por supuesto, son apenas el comienzo de
un nuevo mundo de electrolibros.
Casi todos los cibernautas se han percatado como, en contra de los
pronósticos, Internet impulsó el libro en vez de aniquilarlo:
las librerías pululan en el ciberespacio, y además demuestran
que son capaces de hacer jugosos negocios. Pero también viene
una nueva ola, la de obras en bits.
Ya no se trata de los clásicos o de textos liberados de derechos,
sino de obras nuevas que se comercian en bits. El episodio más
notorio de este nuevo mundo lo protagonizó Stephen King, quien
difundió su última obra en la red.
Pero ya existen otros mecanismos de difusión que son abastecidos
por algunas librerías virtuales: archivos con novelas o cuentos
que se bajan vía Internet para alimentar dispositivos electrónicos
con pantallas de alta definición para la lectura y un tamaño
manipulable, similar al de un libro. Por ahora es caro, pero seguramente
sus costos se desplomarán muy pronto.
Es el futuro en pleno desarrollo. El papel seguirá allí
durante muchos años, pero la tendencia es reveladora, tarde
o temprano será reemplazado. Hart, por cierto, tiene un argumento
que puede convencer a los idealistas del libro cuando habla de los
textos electrónicos: "no se pueden quemar".
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